Y el final llegó sin teatralidades,
como suelen hacerlo las cosas que me pertenecen:
sin gritos, sin lágrimas, casi con elegancia involuntaria.
Curioso que aquello que más le irritaba de mí
—mi calma que roza la indiferencia—
fue la máscara que eligió para despedirse.
Aprendió demasiado bien de mí la manera de cerrar las cosas.
En medio de su confesión,
esa confesión fatigada de esperarme,
de esperar a un hombre que vive en su propio tiempo,
no buscaba respuestas,
solo una pequeña rebelión de mi parte,
un gesto que contradijera mi costumbre de aceptar la vida
tal como viene.
Pero yo no podía ofrecerle una mentira,
ni podía ofrecerle un drama;
ambas cosas me resultan ajenas,
como si pertenecieran a otra especie de hombre.
Y yo, que ya había presentido el final
—como quien huele la lluvia antes de verla—
solo pude responderle con la verdad más suave:
que su decisión estaba tomada
y que yo debía honrarla sin dobleces.
Callamos.
Un silencio amplio, brillante, casi sagrado
nos envolvió como una última caricia.
En él cabían todos nuestros recuerdos,
todas las risas, todas las promesas
que ahora flotaban como plumas sin dueño.
Sospecho que su decisión tuvo el impulso silencioso
de otro rostro, otra presencia.
O tal vez me equivoque,
pero incluso si es cierto,
no negaré el dolor que me produce imaginarlo.
Quizá se esté conociendo con alguien más,
es solo un presentimiento,
pero los presentimientos conocen la verdad
antes que el corazón.
Y si es así,
qué punzada tan dulce y cruel imaginar
que otro esté con ella.
Y si es así, deseo que la admire como al diamante que es.
Ojalá la trate con la devoción que merece…
aunque estoy secretamente convencido
de que nadie la amará como yo la amé.
Las personas llegan a nuestra vida por un tiempo,
y después la vida las lleva a otro lugar
sin necesidad de explicación.
La amo y la amaré eternamente.
Pero el amor no siempre es razón suficiente
para quedarse.
La vida no se doblega ante nuestros deseos,
mi amor por ella no entiende de calendarios.
Pero también soy fiel a la naturaleza caprichosa de la vida:
a veces uno ama y aun así debe marcharse.
No pienso arrastrarme en lamentos;
la tragedia nunca ha sido mi estilo.
La vida continúa, altiva, impredecible,
bella precisamente porque no concede garantías.
El destino es un artista caprichoso:
tal vez nuestras vidas vuelvan a cruzarse,
o tal vez no.
Ambas posibilidades tienen su propio encanto.
Lo único que deseo,
si los dioses son misericordiosos
y conservan algo de humor,
es que nos regalen un último atardecer juntos,
como aquellos que sabíamos contemplar
sin decir palabra,
mientras el mundo se volvía oro
y nosotros éramos felices
sin notarlo del todo.